El edificio ubicado en Viamonte y Callao no era lo que se dice una joya arquitectónica. Se trataba de una antigua construcción de nueve pisos diseñada con un ligero aire neoclásico. Sin embargo, a través del tiempo, aquella mole había mutado hacia un estilo decididamente gótico debido tal vez a la atmósfera ominosa que flotaba a su alrededor. Todas sus ventanas permanecían invariablemente cerradas con postigos metálicos pintados de verde oscuro; de ese mismo color eran las chapas blindadas que tapizaban el frente de la planta baja, al igual que el portón y la garita de la esquina. Pero no había carteles ni placas que indicaran la verdadera naturaleza del lugar. Se sabía que en su sótano, unos diecinueve años antes, había estado secuestrado el féretro que contenía los restos momificados de Evita. Y se daban por reales otras historias no menos truculentas. Era el cuartel general del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.
En el esquema del terrorismo de Estado, el Ejército reservó para sí “la responsabilidad primaria en la lucha contra la subversión”. Y su sistema nervioso fue precisamente el Batallón 601. Se trataba del órgano ejecutivo de la Jefatura II de Inteligencia, la cual respondía directamente al Estado Mayor.
Esa estructura tuvo bajo su control a otros servicios de espionaje y, por lo tanto, se convirtió en el receptáculo de todo lo que pasaba en el país, funcionando además como correa de transmisión entre los grupos de tareas, los centros de tortura y las más altas autoridades militares. Todas estas atribuciones estaban expuestas en unas orden de siete palabras: “Sin inteligencia no se podrán ejecutar operaciones”. En el período inmediatamente previo al golpe del 24 de marzo de 1976, los hacedores del terrorismo de Estado ya habían estipulado los plazos del exterminio; semejante cronograma establecía una meta de apenas doce meses para concretar “la pulverización del accionar subversivo” y otros tantos para “aniquilar sus elementos residuales”. Pero subordinaba semejante propósito al estricto cumplimiento de una premisa: “No se debe actuar por reacción, sino asumir la iniciativa de la acción”. Los militares entendían su macabra cruzada como una “guerra de inteligencia”, en la que el botín era la información. Durante la fase preparatoria de la represión ilegal, la estrategia consistió en la infiltración de agentes en organizaciones políticas, sociales, religiosas y educativas. En paralelo, comenzaron a producirse las primeras oleadas de secuestros y desapariciones. La larga noche de la dictadura comenzaba a caer.
Fuente: Miradas al Sur